Miércoles 15 de febrero 3 y veinte de la mañana.
Escribo esto aturdida por un martes atípico. Mientras todos los bobos románticos inducidos por el marketing yankee festejan el amor y la reciprocidad, yo me hundo en una nube de pensamientos confusos. Un martes de calor, charlas profundas con ese amigo que siempre está para decirme cosas que me hacen reflexionar, hacer una suerte de revisión histórica de un patrón de conducta que aun no logro corregir. Tengo la cabeza confundida por un montón de cuestiones que al parecer nada tienen en común y el factor común es esa fuerza superior que siempre dice presente cuando le ruego sin palabras que me de señales.
Siete de la tarde, entre coca zero y libros, escuchando rubber soul en loop en una librería amiga, llego a la conclusión de que siempre elijo escaparle a los finales. Cobarde y rebelde, masoquista en lo más profundo de mi ser. Hilvano analogías y metáforas sexuales con reacciones tan típicas mías. Pienso en todos esos orgasmos inconclusos y mi afán por correrle a los puntos finales. ¿Será por eso que cuando escribo tengo una obsesión absurda con las comas y los puntos seguidos?
Llego a casa, el calor me hace explotar la cabeza y un mensaje de mi viejo avisándome que un tío abuelo se fue para siempre. Primero me paralizo, después me da tristeza y lloro, lloro en secreto mientras resumo Giovanni Sartori. Exploto. Lo cruel de crecer es que progresivamente todos los recuerdos vivos de la infancia van desfalleciendo para dejar un vacio relleno de presente y futuro. Me duele porque me acostumbro y cuesta desprenderse de esa etapa perfecta llena de inocencia.
La verborrea se apodera de mis dedos y escribo incoherencias en las redes sociales, como esperando una respuesta que me satisfaga. No pasa. El desorden de mi cama se ríe de mi, cuadernos y ropa, un encendedor que juguetea entre mis dedos. Me levanto, quiero ordenar, solo logro arrancar todo de la cama para dejar el desorden en la silla. Quiero fumar, busco el encendedor, no aparece, queda el colchón vacio, no aparece, ni bajo de la cama ni en el escritorio o placard. Me obligo a dirigirme a la cocina por un poco de fuego para mi cigarrillo, vuelvo, me siento en el colchón mirando por la ventana. Un viento poco común empieza a correr, prendo el vicio, miro el cubrecama que anteriormente sacudí, y ahí está el encendedor violeta, mirándome desafiante. Se me cruza de todo por la cabeza, miro el cielo y sonrío. En el reproductor suena Almendra, el flaco me canta “la soledad es un amigo que no está”. Y creo que no es necesario nada más en mi día. Las respuestas están clarísimas. Veo el celular y son las tres de la mañana, me envuelvo de mística y ansias por plasmar este torbellino de pensamientos en un rincón del ciberespacio. Cada vez creo más en vos.