viernes 13 de enero de 2012

Creer.

¿En qué Dios crees? ¿Crees? Yo siempre dudo, bah, hay cosas que tengo muy claras, pasa que no sé cómo relacionarme con él. No hablamos mucho, la comunicación está un poco apagada, pero porque no me sale hablarle. Y no quiero hablarle sólo cuando lo necesito, cuando necesito algo que parece imposible algún humano me pueda dar.
Pero creo que está ahí, riéndose de nosotros, lamentándose a veces. Está porque una mañana de diciembre me hizo un guiño, una broma de esas de mal gusto, de las que al final nos terminamos riendo y contándola como  anécdota.
Íbamos en el auto, yo medio despierta medio dormida, el perfume de mi vieja inundaba el ambiente, mi viejo histérico porque llegaba tarde al trabajo y  alérgico por la loción de mi madre manejaba a su ritmo insomne. No hablábamos, en la radio estaba ese locutor que tanto le gusta a mi viejo y que no soporto. Hablando de la mañana nublada, del lindo clima, de la hora, de las noticias...Bajamos la avenida Galindez, miro sin ver por la ventana, pasamos por una Iglesia, mis viejos se persignan automáticamente, como si fueran programados a realizar esa acción cada vez que se nos cruzara un edificio con una cruz encima. Los miro y me invade una culpa absurda. ¿Se puede sentir culpa por no cumplir con un ritual ajeno? no importa la respuesta, yo me siento culpable y empiezo a maquinar posibles desenlaces a semejante falta de respeto a Dios y a toda su familia de yeso que habita la Iglesia.
Cuando casi me olvido de la culpa y de mi merecido castigo, llegamos. Se baja mi vieja, yo bajo un pie, cuando quiero levantarme mi viejo arranca apurado. Me pisó el talón con la rueda, me hizo mierda la sandalia, y yo no sé si me duele, si me fracturó, si estoy en shock, si es un sueño o un castigo de Dios. Mi vieja me mira, me ve el pie, le hace señas a mi viejo, camino, puedo caminar. Me siento en el asiento del acompañante del auto, me saco la sandalia, escucho disculpas, puteadas y preguntas que sin dudas me haría un médico. Me miro el pie rojo, me caen lágrimas, me empieza a doler, trato de pisar. No duele tanto.
Pasa el día, cada vez me siento mejor, fue un sustito -diría mi vieja-. Fue un guiño de Dios -pienso yo-.
Gracias Dios, ahora mi viejo me debe un buen par de sandalias y mucho amor.

2 se aturdieron y confundieron:

  1. Amo leerte. Y la cosa no es que nosotros creamos en Dios o no, lo bueno es que creo que Dios empezó a creer en nosotros. Y cada tanto nos manda guiños, como este: escribir para él.

    ResponderSuprimir
  2. Siempre las palabras justas vos. Me haces sonreír y llenarme de futuras lindas arrugas, amigo :)

    ResponderSuprimir